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Principio y fin: Puente Huera, en el desfiladero de los Beyos.
Fuentes: Tolivia. Fuente fechada en 1928.
El plan inicial era dejar el coche en un aparcamiento con espacio para 3 ó 4 turismos ubicado tras unos 500 m de recorrido por la carretera de Víboli. Finalmente decidimos dejarlo en un sobreancho de la N-625. junto al puente de Huera.
Iniciado el ascenso por carretera hacia Víboli, nada más pasar el desvío de Casielles, sale por la otra margen una senda bien marcada en prolongado ascenso. En sólo 1 km de recorrio se ganan 600 m de cota, alcanzando el hombro de Miesca, donde se ubica una majada con bastantes cabañas, aunque muy dispersas. La senda se desdibuja pero el ascenso, entre praderías y atrevesando un halledo, no presenta mayor dificultad que la fuerte pendiente. En 3 km más de recorrido se alcanza la cumbre de peña Subes (1479 m).
El descenso ataviesa también el halledo, la collada Cenal y Torbenu. Nos espera una bajada de más de 400 m de desnivel, hasta Tolivia, en sólo 1.5 km. No tener que remontar ese tramo fue la razón que nos hizo decantarnos por regresar por el camino de armadura, el camino tradicional que llevaba a Tolivia desde el puente Vaguardo, en las proximidades de la carretera nacional N-625. Luego habría que recorrer los 3.5 km de carretera en suave descenso que nos separaban del lugar de aparcamiento, junto al puente de Huera.
Tolivia. La existencia de una aldea en un lugar tan extremo responde a una lógica de supervivencia en el aprovechamiento del terreno y el aislamiento defensivo. En épocas de inestabilidad (desde la Reconquista hasta las incursiones de bandidaje), los asentamientos colgados en laderas de difícil acceso eran fortalezas naturales. Está orientada al sur/sureste. En un desfiladero tan profundo y sombrío como el del río Sella (Los Beyos), ganar altitud era la única forma de tener horas de sol suficientes para cultivar y calentar las viviendas. El fondo del valle es un sumidero de humedad y frío. Situada a media ladera es un punto estratégico ideal entre los prados de invierno del valle y las mayadas de verano en las cumbres de Ponga.
La vida en Tolivia era una autarquía casi total basada en tres pilares: ganadería de montaña (cabras y ovejas y sólo 2 ó 3 vacas por familia), cultivos de montaña y caza.
Producían queso de Los Beyos. Históricamente, este queso era su moneda de cambio. Lo bajaban en mochilas de piel o madera hasta el mercado de Cangas de Onís para comprar sal, herramientas de hierro y telas.
Cultivaban maíz, patatas y castañas en pequeñas terrazas ganadas a la pendiente mediante muros de piedra seca.
El rebeco y el jabalí eran fuentes de proteína suplementaria.
En resumen: vivían de una economía circular extrema donde nada se desperdiciaba. El abandono no fue por falta de recursos, sino por la imposibilidad de mecanizar el trabajo y la llegada de la luz eléctrica y las carreteras a los pueblos del valle, lo que hizo que el esfuerzo sobrehumano de vivir en Tolivia dejara de compensar a las nuevas generaciones.
La base de su subsistencia era el comunal. Tolivia tenía derechos de uso sobre los montes circundantes para leña y pasto que no tenían otros pueblos del valle. Perder la residencia en el pueblo significaba perder el derecho a esos recursos gratuitos. Solo cuando la economía monetaria sustituyó al trueque y la juventud buscó salarios en la minería o la industria de Gijón y Avilés, el modelo de Tolivia colapsó.
Nota: Realicé esta ruta el día 22 de marzo de 2026 con Andresín y Manolo.